Mecánica de la poética para no dejarse morir

3:30 a.m.

Antes del primer canto del gallo

ellos habrán recogido el eco de sus pasos

el murmullo en los pasillos,

y el hálito frío sobre las ventanas.

A esta hora

grillos y ranas enmudecen

cuando el último de los fantasmas busca la puerta tras los espejos.

No querrá arriesgarse a que el gallo abra su garganta

y termine perdido para siempre

en la fatalidad de su canto.

Ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia…

odio quiero más que indiferencia…

Julio Jaramillo

 

No hay bolero sin despecho, dijo una vez el poeta.

¿Cómo es que cabe tanto desamparo en esta mesa?

y sin embargo, se viene cuajando la belleza

en ese destello metálico de la sordina.

Es un aguijón en línea recta al miocardio.

          (“Reloj detén tu camino, porque mi vida se apaga…”)

Se me ha enroscado la noche en el fondo del vaso,

¿de qué va el olvido?

no hay peor duelo que la ausencia de la muerte,

y ese nombre que ya no me nombra

y pasa como un espeso río negro por mi garganta

empozándose amargo, fruta amarga, vino amargo, dolor amargo.

                                              (“porque yo a donde voy, hablaré de tu amor, como un sueño dorado…”)

Cuánta malquerencia coagulada en las venas,

me juego la vida en la hendidura de la rockola,

en el tránsito de la moneda a la canción interminable

una y otra vez.

Mecánica de la poética para no dejarse morir,

por lo menos no, esta noche.

                                                                                             (“tú diste luz al sendero en mis noches sin fortuna,                                                                                                                 iluminando mi cielo como un rayito…”)

Lumbres de cigarros como luciérnagas agónicas,

piernas que se cruzan, bocas babilónicas que saben encenderse

para devastar cualquier imperio del hombre.

Entre la oscuridad y el humo

también florecen las catleyas.

                                            (“estoy en vida muriendo y entre lágrimas viviendo el pasaje más horrendo…”)

Lo cierto es que ya sin monedas;

la noche, la rockola, el ron y las ganas de olvido

se apagan en medio del cosmos.

Afuera, los perros saben de frío y orfandad,

sigo mi camino, me voy a dormir

y volveré a nombrarlo para que amanezca.

                    (“tú me quieres dejar, yo no quiero sufrir…”)

A mi gato Pagano, en la noche que venció la muerte.

Ha llegado la hora que no marca ningún reloj.

Estalla la noche en mil pedazos y ha entrado una de sus astillas por mi ventana.

Negra, como el mismísimo presagio, es negra la mariposa. Bate en el aire las pupilas de Caronte.

Se ha apostado en la pared, bandera, sentencia, anunciación.

Los caracoles están echados, para alguien se habrá cerrado el círculo esta noche y mañana apretará la tierra entre sus dientes.

A mis pies está Pagano, mi gato negro.

En un asalto la ha atrapado entre sus garras.

 Toda la muerte cabe en un zarpazo.

El estigma aletea en su último estertor entre los colmillos de Pagano,

 y así, se van lentamente,

 se desvanece la misma mancha negra de mi cuarto;

       la muerte,

                  la noche

                            y mi gato.

A Carlos Bonell. Maestro, tiene seis líneas…como su guitarra.

 

Más alto que Dios, era aquel cedro rojo,

un día se llevó al pecho el sol

para que al borde de su dulce abismo

el hombre encendiera la quietud del aire.

Es así como devuelve el canto noble al reino de las aves,

la savia de los astros, en sus manos está a salvo.

De cerca tu desnudez es casi cotidiana, casi única

 en algún momento del día se florece y entonces

juega a perderse bajo mi mano que no alcanza a tocarte

si te miro de lejos, lo suficiente para ofender la tibieza

 te recoges en una sola caricia…en círculos de agua y de sonidos

te deshaces, te anegas

reinventándolo todo…

¿y yo qué haré con esta leve vastedad en mis manos?

 Te concurre un obelisco de amapolas

 un avizor de constelaciones táctiles

 un relámpago que reclama su terredad

y la vanidad de poderte morir en este instante.

Podría reducirte a un átomo de ternura

 podría girar locamente en tus bosques de anillos seculares

 o simplemente

quedarme en el sonido lentísimo de los ríos de Neil Young para extender tu desnudez como llanura impúdica y pródiga…

…y sobre ella yo

como un corolario de tu paisaje retráctil

yo

 la prolongación cósmica de tu desnudez.

Bienaventurada la mariposa

que supo separar las flamas del fuego

arrojándose alucinada a la belleza de su centro.

No será clavada con alfileres en los mostrarios

ni devorada por el arrendajo mañanero

tampoco terminará en la mochila de un niño.

Cabe la llama entera en su abdomen

para volverse lumbre de los caminos sin luna

y de los ciegos sin perro.

Mar,

partir hasta los confines azules del último oleaje

abrir mis venas a la belleza de sus criaturas

quizás salvarme en la ingravidez de su alma.

 

          Hundirme

en la insondable

      luz de sal

                         ascensión circular de oxígeno

evanescencia de huesos

    c a l m a   de algas en la garganta

voz anegada de espuma

zozobrar… sin más

     no tiempo

                        sólo silencio

hundirse…

     …y siempre el mar.