Obra poética Obra poética

 

Poemario

 

Profesión de Fe

 

Mecánica de la poética para no dejarse morir

 

 

Preguntario

 

Abandonarse a las formas

hacerse símbolo, mimetismo del aire

posarse en el erotismo de lo sagrado

moverse en la liviandad de los siglos

asirse a la simetría de lo ingrávido.

Seudónimo de viejos monjes

no le preocupa lo efímero

porque al juntar sus manos

es en sí misma la fe.

La mantis

como la luz de Reverón

no es más que otra forma de la perfección.

En lo alto de un pájaro

se dilata el aire, traspasándose a sí mismo.

Cruje el maderamen en la boca abierta de la eternidad

brilla la tarde en su lento giro

ascendiendo con sus huesos celestes

hasta la pupila de aquel pájaro.

Y se va recogiendo uno a uno el canto

para hacerse memoria nocturna

de la mujer que empuja el pedal

del hombre que amansa la piedra.

Hombre y mujer saben que nunca les faltará el alba

si con ellos dos bastara para hacerse esféricos y constelados

en lo alto de un pájaro.

Puedo decir, quiero decir

que mi padre fue un hombre iluminado.

Solía sentarse cada semana santa junto a la radio

y con los ojos cerrados seguía en voz no tan alta

el sermón de las siete palabras

nada parecía inmutarlo.

Ordenaba con estricta mística

cada fruta del mesón según maduraban

como cada extraño objeto de su habitación

a la que nadie entraba.

Mi padre, el que nunca levantó ni la mano, ni la voz

del que no conocí ni el insulto ni la caricia.

Mi padre, con la paz que el sol derrama sobre la tapia

le hizo morada a la muerte

brindó con abundancia, secos tragos de ron

por cada escalón de su agonía

y cuando vio encenderse la lengua de fuego sobre su cabeza

ajustó por última vez su reloj.

Mi padre fue un iluminado, por eso

tuvimos que velarlo en dos salones,

fue hermoso verlas con sus rostros tristes

ahogando el suspiro por aquel hombre que las amó.

Puedo decir, quiero decir

que más amó a mi madre

pues entregó su cuerpo a las flores un segundo domingo de mayo

y le dejó sobre la tierra removida

la ternura de su silencio.

 

 

A Hernán Atencio por enseñarme que las águilas,

los zamuros y los enamorados vuelan por placer.

 

 

Esta podría ser la polaroid

de los días cuando fuimos aves de Oliverio

de cuando fuimos desnudos como ciudad recién amanecida.

Entonces, me cantabas unos versos del flaco Spinetta

“sueña un sueño despacito entre mis manos, hasta que por la ventana suba el sol”, me decías.

Y acostados como quienes acaban de inaugurar el edén

se abría en nuestros pechos dos ojos apacibles y fosforescentes

porque de cierto, fuimos un gato escapado de callejones nocturnos.

Eran los días en que sin darnos cuenta

el mundo transcurría en un autorretrato de magnolias y mangos

bajo cielos rojos le hicimos un lugar al amor.

De a poco, te fui perdiendo de vista

como se van borrando los árboles de una larga carretera desde el asiento de atrás de un auto.

Ya ves, hoy vuelve Spinetta y un arrebato de magnolias

sin dejarnos lugar en esta vieja instantánea.

Y todo, por la pequeñísima pluma que me dejaste como prueba

de que un día fuimos

               desnudos,

                      Girondos y alados.

 

La mujer lleva por sombra una serpiente

va tras el desangrado fruto

aún palpitante en el pecho del primer hombre.

Entre el bien y el mal

juega un dios expulsado de aquel paraíso

nacido al filo del primer bocado.

 

Te negaré una vez

y serás lo indecible, lo inexistente.

Te negaré dos veces

y el alba se hará una afiladísima espuela.

Te negaré tres veces

para entonces habré sido

el gallo que hizo elegías

de tu nombre.

 

Mientras el hombre se empeña

en domesticar galaxias

parcelar a golpe de sangre la franja mediterránea

ganar la copa Libertadores

o llevar el pan que amorosamente

callará el hambre de sus hijos

yo sigo aquí...

...viendo girar este L.P de Chavela Vargas

con la terca rotación

que hace mi corazón sobre tu eje imaginario.

 

A Anastasia Candre Yamacuri,

tejedora inagotable de selva y palabra.

 

 

Apareció una mañana vestida en cortezas coloridas de yanchama.

 Colmillos de jaguar iluminaban su pecho, y un pájaro que la confundió con la tierra había batido sus alas para coronarla.

Hija de tigre cananguchal, sangre huitota y ocaina fluyen en los ríos bravos de sus venas.

Fatiku es su nombre de selva, pero también se llama coca, ají, yuca y tabaco.  Yo la pronuncio como semilla, saber y sanación.

Llora la tierra condenada, la lengua agónica que olvidará pronunciar “Eirogi”, útero de todo lo creado.

Hermana amazónica, no todo fue devastado. La sangre hizo fértil la chagra. Dentro de ti se levanta una legión de ancestros, una sola llama que nos dará el canto de mil pájaros de fuego.

¡Cahuana! ¡Cahuana!  Palabra renacida, poderoso espíritu de la maloka donde el yagé se hace aliento y soplo de la nueva cuna que verá ponerse de pie a tus dioses para hablarnos del primer verbo, del cómo fue y cómo será.

Fatiku, hermana, de tu cuenco úngeme con sangre de drago y aceites de copaíba, sóplame ríos y selvas, enséñame el Yuaki Muina-Murui, como la mañana que llegaste cantando el ritual de frutas.

 

¿No lo sabes hermana? Cada vez que cantes, el remo volverá al agua, la tierra triunfará sobre el cuchillo y el fusil.

Entonces, veremos al dios blanco inclinarse ante el corazón del jaguar que enciende la punta de la flecha.

 

A mi padre, in memoriam

 

 

Sucede que en una tarde cualquiera

el viejo árbol se despoja de los pájaros

cierra sus hojas y echa sus raíces al viento

Sucede que a veces también soy pájaro

despojado de nubes

Sucede como hoy que duele la tierra

donde fuimos árbol y canto.

En los paisajes que llevan mi nombre

no existieron serpientes ni manzanos

tampoco precisé de una costilla para ser

admito que nunca aprendí

 los buenos modales de las hojas de parra.

Quizás porque vengo de la misma herida de la carne y la tierra.

Tierra, con la que amaso mi propio paraíso.

Tierra donde me hago de un único y largo soplido.

Tierra de donde un dios ha sido expulsado y condenado

a ver sus sentencias perdidas entre los laberintos

de su solitario universo.

Abro mi boca

para recibir la tuya

con la misma devoción

de quien recibe la primera comunión.

En homenaje a la    fotografía de una cala

que un día me regaló Eduardo Viloria.

 

 

Canto a una cala (anturio de montaña)

Todo el universo cabe en tu párpado albino

eres la boca que canta lo que la tierra

no se atreve a decir.

Ombligo lácteo de donde salen todas las estrellas

vigías de amantes y refugiados.

 

Eres la copa que alza Perséfones al reino negado

donde beben astros y seres de la noche.

 

En ti, se recoge la neblina de mis páramos

para venir a estas manos como un pequeño palomo

astrolabio de la memoria.

Como la mansedumbre de la flor tardía al pie del sauce

duele también

la ceguera del hombre

que arroja sus monedas de sal

sobre las llagas

de mi mano extendida.

Mecánica de la poética para no dejarse morir

3. 30 A.M

 

Antes del primer canto del gallo

ellos habrán recogido el eco de sus pasos

el murmullo en los pasillos,

y el hálito frío sobre las ventanas.

A esta hora

grillos y ranas enmudecen

cuando el último de los fantasmas busca la puerta tras los espejos.

No querrá arriesgarse a que el gallo abra su garganta

y termine perdido para siempre

en la fatalidad de su canto.

Ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia…

odio quiero más que indiferencia…

Julio Jaramillo

 

 

No hay bolero sin despecho, dijo una vez el poeta.

¿Cómo es que cabe tanto desamparo en esta mesa?

y sin embargo, se viene cuajando la belleza

en ese destello metálico de la sordina.

Es un aguijón en línea recta al miocardio.

          (“Reloj detén tu camino, porque mi vida se apaga…”)

 

Se me ha enroscado la noche en el fondo del vaso,

¿de qué va el olvido?

no hay peor duelo que la ausencia de la muerte,

y ese nombre que ya no me nombra

y pasa como un espeso río negro por mi garganta

empozándose amargo, fruta amarga, vino amargo, dolor amargo.

                                              (“porque yo a donde voy, hablaré de tu amor, como un sueño dorado…”)

 

 

 

Cuánta malquerencia coagulada en las venas,

me juego la vida en la hendidura de la rockola,

en el tránsito de la moneda a la canción interminable

una y otra vez.

Mecánica de la poética para no dejarse morir,

por lo menos no, esta noche.

                                                                                             (“tú diste luz al sendero en mis noches sin fortuna,                                                                                                                 iluminando mi cielo como un rayito…”)

 

Lumbres de cigarros como luciérnagas agónicas,

piernas que se cruzan, bocas babilónicas que saben encenderse

para devastar cualquier imperio del hombre.

Entre la oscuridad y el humo

también florecen las catleyas.

                                            (“estoy en vida muriendo y entre lágrimas viviendo el pasaje más horrendo…”)

Lo cierto es que ya sin monedas;

la noche, la rockola, el ron y las ganas de olvido

se apagan en medio del cosmos.

Afuera, los perros saben de frío y orfandad,

sigo mi camino, me voy a dormir

y volveré a nombrarlo para que amanezca.

                    (“tú me quieres dejar, yo no quiero sufrir…”)

A mi gato Pagano, en la noche que venció la muerte.

 

 

Ha llegado la hora que no marca ningún reloj.

Estalla la noche en mil pedazos y ha entrado una de sus astillas por mi ventana.

Negra, como el mismísimo presagio, es negra la mariposa. Bate en el aire las pupilas de Caronte.

Se ha apostado en la pared, bandera, sentencia, anunciación.

Los caracoles están echados, para alguien se habrá cerrado el círculo esta noche y mañana apretará la tierra entre sus dientes.

A mis pies está Pagano, mi gato negro.

En un asalto la ha atrapado entre sus garras.

 Toda la muerte cabe en un zarpazo.

El estigma aletea en su último estertor entre los colmillos de Pagano,

 y así, se van lentamente,

 se desvanece la misma mancha negra de mi cuarto;

       la muerte,

                  la noche

                            y mi gato.

 

A Carlos Bonell. Maestro, tiene seis líneas…como su guitarra.

 

Más alto que Dios, era aquel cedro rojo,

un día se llevó al pecho el sol

para que al borde de su dulce abismo

el hombre encendiera la quietud del aire.

Es así como devuelve el canto noble al reino de las aves,

la savia de los astros, en sus manos está a salvo.

De cerca tu desnudez es casi cotidiana, casi única

 en algún momento del día se florece y entonces

juega a perderse bajo mi mano que no alcanza a tocarte

si te miro de lejos, lo suficiente para ofender la tibieza

 te recoges en una sola caricia…en círculos de agua y de sonidos

te deshaces, te anegas

reinventándolo todo…

¿y yo qué haré con esta leve vastedad en mis manos?

 Te concurre un obelisco de amapolas

 un avizor de constelaciones táctiles

 un relámpago que reclama su terredad

y la vanidad de poderte morir en este instante.

Podría reducirte a un átomo de ternura

 podría girar locamente en tus bosques de anillos seculares

 o simplemente

quedarme en el sonido lentísimo de los ríos de Neil Young para extender tu desnudez como llanura impúdica y pródiga...

...y sobre ella yo

como un corolario de tu paisaje retráctil

yo

 la prolongación cósmica de tu desnudez.

Bienaventurada la mariposa

que supo separar las flamas del fuego

arrojándose alucinada a la belleza de su centro.

No será clavada con alfileres en los mostrarios

ni devorada por el arrendajo mañanero

tampoco terminará en la mochila de un niño.

Cabe la llama entera en su abdomen

para volverse lumbre de los caminos sin luna

y de los ciegos sin perro.

 

Mar,

partir hasta los confines azules del último oleaje

abrir mis venas a la belleza de sus criaturas

quizás salvarme en la ingravidez de su alma.

 

          Hundirme

 

en la insondable

      luz de sal

                         ascensión circular de oxígeno

 

evanescencia de huesos

 

    c a l m a   de algas en la garganta

 

voz anegada de espuma

 

zozobrar… sin más

 

     no tiempo

                        sólo silencio

 

hundirse…

 

 

    …y siempre el mar.

 

Preguntario

¿Qué es la certeza?

 

Una mujer de manto negro

con perfumes de nardo

camino a ungir las sienes del amado

en el tercer día en que el alba

despunta sobre Jerusalén.

¿Qué es la lealtad?

 

Es la semilla hundida en la tierra

mientras la parca de rodillas

por la gracia de dios

la llama, hombre.

¿Qué es la espera?

 

Un sudario que va y viene

entre los dedos de una mujer de pie

frente al mar de Ítaca.

¿Qué es la pasión?

 

Seis codornices y una docena de rosas

retozando en los fogones de Tita.

¿Qué es la fe?

 

Es Li Po

embriagado y con su mejor vestido

en el fondo del lago

atento al poema que le dicta la luna.

Es bello el asombro del nuevo día

todo cuanto veo, viene irremediablemente de la noche

no cabe esta inmensidad azul en mis pupilas

ni los verdores que se yerguen de montaña en montaña.

El arco de la tierra se tiempla y el viento enciende la ruta de los sonidos entre los sauces, guayacanes, ceibas y palmas.

En mi hamaca yo,

soñándome raíz, extendiéndome hacia lo profundo

asida a mi propia fuerza, empujando hacia abajo

buscando nacer en un círculo de magma.

Llevo en mi costado semillas, gusanos, escarabajos y humedad

nada más hará falta

salvo la mañana ensanchada de sol

no quiero orugas transmutándose en vanidades ligeras

quiero hormigas y abejas comiendo de mí, naciendo de mí.

Me vivo y me sueño sombra de pájaro

arriba y abajo, intocable, inasible

en mi corazón han germinado alas

no se arrastra, no espera la repatriación al paraíso

ni será un perro echado al pie de un nombre.

Como el jilguero

 también tengo un canto que aguarda en mi garganta.

Tantos me amaron y no miento si digo que yo a ellos

no hay nostalgia que cuaje en mi corazón

a todos los llevo en la punta de mis dedos

y con el dedo índice hago el inventario en las arenas del río

dientes, ojos, manos, piernas, voces, promesas, nada he olvidado.

Pero sucede que cada noche el río crece

se lleva mis rayuelas y mis inventarios

sin embargo, me deja bajo sus piedras

la arcilla para nombrar un nuevo milagro

donde he de reconocerme.

 

Heme aquí frente a tu misterio

como blanda isla de sangre y espuma

mi carne es una tempestad lenta y giratoria

    que se hunde,

                se hunde.

Vine a arrojar mi palabra en tu reino de sal

emergeré con la desnudez vegetal

de un hombre entre mis brazos

¡Astíllese la luz!

Un día después de revelar su hermosura

sabré dolerme y morir

junto a las demás ballenas

en la orilla de su existencia.

 

Que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones

Alejandra Pizarnik

 

De pronto

una mujer acontece

como un acto piromante del trueno

y yo

bajo el esplendor de su crujido en tierra

Inmóvil

Veo arder la última noche de mi cuerpo

que a fin de morir

se entrega a la violenta hermosura

de su único beso.

 

Miguel tiene quince años, hay quienes afirman

que sólo habla el dialecto de las cigarras.

Pasa el día imitando con su cuerpo contrahecho el vuelo de la libélula.

Miguel lleva siempre una bolsa donde guarda las mariposas y los cocuyos,

para soltarlos en su pequeña habitación y soñarse monarca del aire, verde y alado.

Esta mañana han llegado los muchachos de la ciudad.

Desde el despeñadero se arrojan al cielo en sus ícaros enormes y coloridos

Miguel los ve elevarse, giran en vuelos circulares,

ascienden ligeros, brillantes, infinitos.

Miguel corre bajo sus sombras y se detiene al filo al abismo

ha llegado el tiempo del despegue.

Miguel abre su bolsa y salen cientos de abejas, cocuyos, mariposas, libélulas y cigarras.

El viento sopla y empuja al niño zoomorfo.

Miguel se extiende y es azul

Miguel sonríe y es perfecto

Miguel ha ascendido de la tierra

Miguel vuela.

A Barlovento, tierra de cimarrones.

 

Para mí, reservo los delicados bordes de las manos asidas a la memoria de tu sangre.

Hice mío el encanto subacuático que resuena en cada golpe negro del mina.

En mí, se mueven los astros que saben avanzar contra el viento.

Dejo para ti:

El oleaje crispado tiernamente sobre la arena, los ojos insomnes del bucare, poblados de congos y carabalíes, y la verticalidad de la línea que precipita al ave sobre la santidad de tu laguna.

Ahora te propongo, hundir tu puño junto al mío, en el costado húmedo de la tierra, donde nos aguarda el cordón ancestral de los viejos contadores de sueños.

Nos traducirán el silencio del dios blanco y de seguro, nos hablarán de esta palabra que florece entre tu boca y la mía, allí donde el viento se devuelve.

Entre la cumbre del Everest

y la Fosa de las Marianas

hay un hombre haciendo caligrafía en el aire

“sin pecado original” se lee.

A partir de entonces, el hombre

pudo entender el lenguaje de los animales,

la teología de la poesía

y la metafísica de la mujer que desnuda

juega con la arena entre sus pies.

Postal para despedirme de Bogotá. Estación calle 76 Se abren las puertas del vagón, en segundos engulle y trasboca todos los cuerpos. Ha echado a andar, entonces puedo verlos encriptados en sus trajes oscuros, como si sobre ellos pesara el luto de mil viudas. No es una tragedia, es un largo gusano negro que se ha comido el fin de sus historias. Estación Héroes El frío, ese ángel terrible se hace lento y pesa sobre la ciudad, devora sin prisas la expresión de sus rostros, la memoria de los cuerpos. Hay anchos abismos en las cuencas de sus ojos, tal vez por eso, no se buscan, no se hallan en el otro. Caminan y yacen tan formales…tan lejos, van tan lejos de su propio centro. Estación Flores Se tocan, se evitan, se olvidan. Son una sola agonía, son el mismo eco profundo de esta ciudad que se repite en la lluvia, es necesario que llueva para lavarse de la muerte agazapada en las esquinas, para limpiar la mugre de los que crecen contrahechos en las grietas de sus calles. Llueve, llueve y no hay consuelo, se lleva el agua la tierra, los sueños, los rostros de la ciudad. Estación calle 22 Veo la pesada serpiente metálica arrastrándose lenta, lleva dentro hombres y mujeres de vuelta a sus casas, a sus camas, al matorral sombrío de las rutinas, a la belleza confortable de sus tedios. Veo más, los veo a ellos, los otros. Malabaristas, tragafuegos, equilibristas, recicladores, pordioseros, maní, tinto, flores, sexo, calendarios, desplazados. Me convenzo que somos imperceptibles, que todos nos iremos de esta ciudad y ella no sabrá de nuestra ausencia. Ni el frío, ni la lluvia, ni la plaza ni el semáforo habrán guardado una breve imagen de nosotros. Después de todo, ¿qué hicimos para merecerla? Pero ellos…los otros. Su pan lo cotizó el parpadeo de un semáforo, encendieron el fuego y alimentaron los raquíticos perros, se desnudaron y dieron su sexo y su hambre, deambularon con sus fantasmas, cantaron a las esquinas, abrigaron con sus cuerpos los callejones y les entregaron los sueños a los demonios, cargaron la basura con solemnidad de eucaristía, pero no juzgaron lo que sus ojos vieron, no visitaron templos ni honraron estatuas. Oráculos obscenos, de sus bocas escuchamos siempre el mismo pregón, nada prometieron salvo el inventario de los puñales nocturnos. Como los árboles, ellos se quedarán, permanecerán como las gargantas de sus muertos. Son el milagro atroz que sostiene las noches de esta ciudad. Son la sangre brutal con la que se enciende el alba gris de esta ciudad.

Frente a mis ojos

montaña que se repite

verdes ecos de una lejanía que insiste.

Extiendo lentamente

la palma de mi mano

y ya no hay tal distancia.

Ven…

“Hay momentos en que los lobos callan

 

y momentos en que la luna aúlla”

 

Amy Hempel

 

 

Érase una vez una niña que solía adentrarse en el bosque envuelta en una capa roja.

Érase una vez un lobo que acechaba agazapado entre el ramaje.

Érase una vez un cuervo que volaba sobre las débiles criaturas para advertir a la fiera y así compartir la carne.

Cuentan que aquella mañana el lobo siguió la negra señal del cielo.

Un aullido como saeta de sangre atravesó la calma del bosque.

Érase también un valiente leñador que empuñó el hacha contra la bestia.

- Mías serán tus entrañas y tu voracidad no será una amenaza en mi bosque.

Le dijo la niña al hombre, mientras acomodaba su negro plumaje bajo la capa roja.

Érase una vez una niña y un lobo en el bosque.

 

Ella larga el ovillo cada noche

y en su órbita,

la tierna fatalidad se cumple.

Luego de comerse el corazón del guerrero,

el minotauro dormirá sobre el vientre de Ariadna.

Al amanecer,

las manos extenderán

            nuevamente la esfera

   que abrirá

                  los laberintos arcanos

en la soledad de todos los hombres.

Terrible es la belleza en este mundo inconstante,

será necesario morir sobre la misma muerte

incendiar el reverso de las pupilas donde germina la promesa

y volver sobre ella como a la greda

girar en el círculo de sus blanquísimos dedos apuntando a la finitud.

Habrá que perderse en el ojo que nos une al cosmos

y si no alcanzara el vuelo

y si no alcanzara el alba

desentorcharemos las estrellas

desataremos la belleza fugaz sobre los cuerpos

y ya confundidos con la altura

seremos el titilar para el deseo de un niño

en el manto distante de la tierra.

En el fondo de mi mano

una mujer desnuda

resguarda el sudor del oficio

y cada vez que cierro el puño

ella sueña con ser la vocación prolongada

de la caricia sobre otros cuerpos.

No dudaría jamás de la belleza que gozan las pequeñas nostalgias,

una suerte de luz que nos conmueve cuando del otro lado

el alma es un cuarto menguante.

Mi madre colando café a las cinco de la mañana

tarareando a Jaramillo, Gardel o Solís.

Mi padre y los domingos de western con Charles Bronson

el Nazareno descascarado a punta de milagros hechos desde el altar de la casa.

Las butacas reservadas para la tertulia que cada tarde acogía en la puerta a las tías que entre cada puntada de hilo y sorbo de café sacramentaban al pueblo y viceversa.

La belleza de lo único, la alegría de lo ceremonial.

Los espejos de mi casa servían de retratos a los viejos fantasmas,

levantarse en la madrugada por algo de agua nos llevaba a conocer los abuelos y otros rostros no tan familiares.

Reservo una especial emoción por los primeros pesebres.

Hacíamos del portal de Belén una romería de patos, carritos, soldados, casas escarchadas, lagos de espejitos

y una María contemplando una mota de algodón que encubaba al Niño Dios.

Era nuestro serio oficio mantener de pie al rebaño de ovejas y vigilar que ningún bombillo se apagara.

 

Hoy, cuando mi padre ya no vuelve con el pan de las tardes,

ni con mis lápices para el colegio, ni con su voz pausada

cuando ya no volverá jamás.

 

Cuando falta una hermana en el ritual de los regalos

y mi madre ya no le encuentra sentido a los boleros porque papá no la escuchará.

Cuando mi pueblo ya no está para cuentos en las puertas.

Cuando el Nazareno fue cambiado por santos nuevos porque a Él se le secaron los milagros

y los pesebres con soldados se hicieron reales y las madres ocultan sus niños de la muerte y la guerra.

Vuelvo a la casa,

busco a mi hermana y a mi padre en los espejos

pero sólo refractan el haz

 de polvo olvidado que seré.

Todavía hay tiempo para decirle madre, buenas noches,

he vuelto con una bala en mi corazón.

Ahí está mi almohada, quiero tumbarme y descansar.

Si la guerra alguna vez llama a la puerta,

dile que estoy descansando.

Almohadad Zaqtan

 

 

De seguro te han hablado de las mujeres que entraron a la tumba.

De rodillas hincadas en la tierra,

buscando el cuerpo del hijo, del amado, del hombre.

Con su llanto, abrieron profundos surcos en el sudario.

 

Las has visto…

Desandando entre la sombra desviada de las flores,

repitiéndose, desdoblándose

en las antífonas de un idioma indescifrable.

 

Han pasado tres días, tres siglos, de tres en tres

germinan los crisantemos en sus cabellos trenzados.

Sobre sus cabezas,

el vuelo bajo de los pájaros

 que hicieron nido

en la boca de los huérfanos.

 

De seguro las has visto…

Magdalena y María, son custodias del réquiem al desencanto,

van por la tierra

buscando los cuerpos que no volverán al lecho.

Cargan con los sudarios,

lo besan, lo huelen, lo sienten,

así resguardan lo que la muerte no se pudo llevar.

 

Hoy de seguro las ves…

Van envueltas en el misterio doloroso,

pisando sobre los derrumbes humanos

“y después de este destierro, muéstranos a nuestro Jesús, el fruto bendito de nuestro vientre.”

Pero el fruto se pudre en el légamo desolado,

condenado por el señor de la guerra,

y el señor de la guerra, es un luto seminal

esparcido por los cuatro puntos

en cuyo centro

se ahoga el acto de contrición de dios

colgado en el garfio de la venganza.

 

“sin Judas, ni Jesús sería dios”

José Saramago

 

Un poema seco y doble por los vencidos, los caídos, los hermosos perdedores, sobre cuyas sienes nunca retoñará el laurel.

Por las camas que no conocieron el sueño del hombre

ni el sudor del amor en el cuerpo de su mujer.

Por el árbol que no dio otra flor, que una garganta vencida pendiendo de la soga.

Por el bolero que no tuvo nombre de mujer.

Por las flores de plástico que honran solemnes las cruces y los nichos de las viejas carreteras.

Por el hijo que no conoció su llanto ni el pecho de la madre.

Por el borracho, el vagabundo, la prostituta, el loco y los amantes que sucumbieron al arrepentimiento y la conversión…pérdida irreparable.

Por los evangelios de Judas y Magdalena que ardieron en las llamas santas de la infamia, pero sus palabras serán nuestras llagas encendidas.

Por Violeta Parra , Raúl Gómez Jattin, Aquiles Nazoa, Jimmy Hendrix, Roque Dalton y sus poemas a medio terminar, porque cuando dios se embriaga, la muerte lleva prisa.

Por los caídos de Sodoma y Gomorra, en la noche en que los ángeles conspiraron contra la fiesta de los cuerpos.

Por las milongas sin parejas ni salón.

Por la silla vacía de dios en la mesa de los pobres.

Por el gol después del último pitazo.

Por el “pudo haber sido”, el “si yo hubiera”, las conjugaciones del verbo ser en presente patético.

Por Bonnie y Clye, y su última fuga con el botín del amor hacia la eternidad.

Por la parca, que esta mañana se perdió en el camino que la conducía a mi puerta.

Por el beso que no le di al amigo, antes de perderse en el camino de la parca.

Por las butacas de cine, desamparadas de besos y manos afanosas.

Por las piedras que dejaron de ser puentes para ser muros.

Por los pitones del toro, que no alcanzaron a izar la bandera roja y líquida sobre el hombre en la arena.

Por los desaparecidos, que por duelo tienen olvido y sobre sus huesos gobierna el impostor.

Por los últimos ojos que vieron morir a Cristo.

Por el adiós que se queda en las fronteras y los morros.

Por la bala que no detuvo al canalla.

Por Petra, Cartago, Babilonia, Machu Pichu, Chichén Itzá, Palenque, ciudades que los hombres levantaron para albergar el amor y salvarse de la soledad, hoy son victorias sobre el olvido.

Un poema seco y doble, por los vencidos, los caídos, los hermosos perdedores…por mí, que no tengo as de diamantes y doblo la apuesta en la posibilidad de sobremorir más allá de la terrible frontera, en la no sombra.

Como ellos, apuesto todo, pierdo todo en la privilegiada derrota ganada a pulso y aún me queda la vida... ¡salud!

 

Apocalipsis 1:10

"Estando yo en el Espíritu en el día del Señor,

oí detrás de mí una gran voz,

como de una trompeta"

 

 

El signo que precede la espada

fue nombrado séptimo día

para revelar en la concavidad de su estío

la soledad herida de los rostros desiguales de dios.

Fue así como el rey negro

tomó aire de los cuatro costados de la tierra

y en una sordina de acero Harmon

sostuvo el aliento incesante del origen.

Lonely fire, relámpago transmigrado

estremecimiento de la rima desolada

vuelve a encenderla, Miles...Miles!

Sobre mi lomo

la soledad es una serpiente que muerde su cola,

entumecida y alucinada

hiende flores y plumas en la carne del amor.

Reconozco mi nombre en la obscenidad del eco.

En la permanencia del olvido,

       muero de miedo

                y mi soledad

                                 muere de mí.

Seguramente si la destrucción vuelve revestida de dulzura;

le entregaremos el candor de nuestras claridades impacientes,

la recibiremos con plácemes nocturnos,

le haremos sitio en la estrechez.

                                                                                                                                  Rafael Cadenas.

 

 

Anoche volví a soñar con tierra,

mi madre suele decir que soñar con tierra no es buen augurio,

pero en estos tiempos, ya es una fortuna soñar.

Soñé que bajo la tierra, se entretejían las raíces

formaban redes acuosas en un ojo gigante,

en su pupila vi flotar los pechos redondos de Ofelia

y en sus ojos entre abiertos,

me repetí una y otra vez hasta hundirme.

No era el caso despertar, poner mi cuello bajo la hojilla del alba.

Comencé a ascender por la garganta crispada de otro sueño,

entonces un anciano movió la caña sobre el barro,

“aprender es unirse a las cosas, sentir su intimidad” y fui haiku, lagartija y a su vez, pupila gris y dilatada del monje.

Si todo fuera este sueño, si la fecundidad del azar

te trajera en su golpe de dados.

Dicen que el tiempo de Dios es perfecto,

pero fueron los hombres, los que hicieron al Señor

a su imagen y semejanza.

Yo lo sé, yo los vi.

Yo los veo bombardear pueblos enteros

y celebran el thanksgiving

Y Dios bendice a América.

Se me antoja que la paz es un seudónimo de Lázaro llorando su solitario enigma.

Tú y yo, fuimos la asimetría de la distancia,

fuimos los proscritos que cultivaron las flores para Baudelaire

y también un beso y también el significado íntimo de una caricia.

Me hubiera gustado invitar una copa al Chino Valera,

hablarle de su hermoso acierto,

sueño que la felicidad es un viaje por barco y de mi cuerpo,

que tampoco fue dócil, ni amable ni sabio.

Pero tú también sabes de esto.

Tú que me amaste implacablemente, zurdamente, alcohólicamente.

Hoy somos fuegos insulares,

buscando extender un punto cardinal, una bandera de cuerpos invictos, una estación de gentiles alisios.

 

Te contaba que anoche volví a soñar con la tierra,

giraba un resplandor y pensé en Borges,

en realidad, en los ojos de Borges

que le bastaron tres centímetros del espejo cósmico

para ver el poniente en Querétaro, la osamenta de su mano,

a mí, tal vez a ti, de seguro a nosotros y al inconcebible universo.

Y te he hablado de un sueño y de revelaciones y de los pechos flotantes de Ofelia en la pupila acuosa de la tierra,

y de la apostasía del hombre por la paz y el amor y de Borges y el aleph.

Todo para distraerte del poema donde pude haber dicho que eres

relámpago lento, llama indivisible, semilla honda de yagrumo, puñado de espera, ardor que todo lo calla, humedad de estepa renacida, sierpe solar de nuestro mito, patria mía,

 un cuerpo, un silencio, un hijo, un abrazo y el pan después de la guerra.

Suéñame, suéñanos como si encontrarnos en la mirada se tratara

de una profesión de fe.

 

Esto soy yo,

más allá de mí misma

soy el aliento sin contornos

que entra a tu boca como al mundo.

Esto soy yo,

una contención y su ardor de agosto

y la manía de hacerme sustancia

del único jardín liquido de tu cuerpo.

Mis cienes ceden y se desvanecen

entre las mil voces que nos concurren

extensiones de cuerpos que nos amaron

y donde existimos como árbol de carne y apetito,

caemos maduros sobre el tendal, nos hacemos luz

y el mundo vuelve a ser pan, vino y la parábola del amor

antes de la entrega.

Más allá de mí misma,

soy la pregunta

cuándo fue que dejé mis amarras a la diestra del mar

donde sueles pronunciar mi nombre.

 

De la nervadura abierta de la luz

cae un pájaro herido de cielo

desciende como ruina del viento

trueno rojo en el fin de su vuelo.

Lloro la belleza de su canto

desperdigado por la tierra

pero la tierra sabe

que de pájaros y poetas

se amasa la hostia

en el hambre de Dios

^

Obra poética Obra poética
Postal para despedirme de Bogotá. Estación calle 76 Se abren las puertas del vagón, en segundos engulle y trasboca todos los cuerpos. Ha echado a andar, entonces puedo verlos encriptados en sus trajes oscuros, como si sobre ellos pesara el luto de mil viudas. No es una tragedia, es un largo gusano negro que se ha comido el fin de sus historias. Estación Héroes El frío, ese ángel terrible se hace lento y pesa sobre la ciudad, devora sin prisas la expresión de sus rostros, la memoria de los cuerpos. Hay anchos abismos en las cuencas de sus ojos, tal vez por eso, no se buscan, no se hallan en el otro. Caminan y yacen tan formales…tan lejos, van tan lejos de su propio centro. Estación Flores Se tocan, se evitan, se olvidan. Son una sola agonía, son el mismo eco profundo de esta ciudad que se repite en la lluvia, es necesario que llueva para lavarse de la muerte agazapada en las esquinas, para limpiar la mugre de los que crecen contrahechos en las grietas de sus calles. Llueve, llueve y no hay consuelo, se lleva el agua la tierra, los sueños, los rostros de la ciudad. Estación calle 22 Veo la pesada serpiente metálica arrastrándose lenta, lleva dentro hombres y mujeres de vuelta a sus casas, a sus camas, al matorral sombrío de las rutinas, a la belleza confortable de sus tedios. Veo más, los veo a ellos, los otros. Malabaristas, tragafuegos, equilibristas, recicladores, pordioseros, maní, tinto, flores, sexo, calendarios, desplazados. Me convenzo que somos imperceptibles, que todos nos iremos de esta ciudad y ella no sabrá de nuestra ausencia. Ni el frío, ni la lluvia, ni la plaza ni el semáforo habrán guardado una breve imagen de nosotros. Después de todo, ¿qué hicimos para merecerla? Pero ellos…los otros. Su pan lo cotizó el parpadeo de un semáforo, encendieron el fuego y alimentaron los raquíticos perros, se desnudaron y dieron su sexo y su hambre, deambularon con sus fantasmas, cantaron a las esquinas, abrigaron con sus cuerpos los callejones y les entregaron los sueños a los demonios, cargaron la basura con solemnidad de eucaristía, pero no juzgaron lo que sus ojos vieron, no visitaron templos ni honraron estatuas. Oráculos obscenos, de sus bocas escuchamos siempre el mismo pregón, nada prometieron salvo el inventario de los puñales nocturnos. Como los árboles, ellos se quedarán, permanecerán como las gargantas de sus muertos. Son el milagro atroz que sostiene las noches de esta ciudad. Son la sangre brutal con la que se enciende el alba gris de esta ciudad.
Obra poética Obra poética
Postal para despedirme de Bogotá. Estación calle 76 Se abren las puertas del vagón, en segundos engulle y trasboca todos los cuerpos. Ha echado a andar, entonces puedo verlos encriptados en sus trajes oscuros, como si sobre ellos pesara el luto de mil viudas. No es una tragedia, es un largo gusano negro que se ha comido el fin de sus historias. Estación Héroes El frío, ese ángel terrible se hace lento y pesa sobre la ciudad, devora sin prisas la expresión de sus rostros, la memoria de los cuerpos. Hay anchos abismos en las cuencas de sus ojos, tal vez por eso, no se buscan, no se hallan en el otro. Caminan y yacen tan formales…tan lejos, van tan lejos de su propio centro. Estación Flores Se tocan, se evitan, se olvidan. Son una sola agonía, son el mismo eco profundo de esta ciudad que se repite en la lluvia, es necesario que llueva para lavarse de la muerte agazapada en las esquinas, para limpiar la mugre de los que crecen contrahechos en las grietas de sus calles. Llueve, llueve y no hay consuelo, se lleva el agua la tierra, los sueños, los rostros de la ciudad. Estación calle 22 Veo la pesada serpiente metálica arrastrándose lenta, lleva dentro hombres y mujeres de vuelta a sus casas, a sus camas, al matorral sombrío de las rutinas, a la belleza confortable de sus tedios. Veo más, los veo a ellos, los otros. Malabaristas, tragafuegos, equilibristas, recicladores, pordioseros, maní, tinto, flores, sexo, calendarios, desplazados. Me convenzo que somos imperceptibles, que todos nos iremos de esta ciudad y ella no sabrá de nuestra ausencia. Ni el frío, ni la lluvia, ni la plaza ni el semáforo habrán guardado una breve imagen de nosotros. Después de todo, ¿qué hicimos para merecerla? Pero ellos…los otros. Su pan lo cotizó el parpadeo de un semáforo, encendieron el fuego y alimentaron los raquíticos perros, se desnudaron y dieron su sexo y su hambre, deambularon con sus fantasmas, cantaron a las esquinas, abrigaron con sus cuerpos los callejones y les entregaron los sueños a los demonios, cargaron la basura con solemnidad de eucaristía, pero no juzgaron lo que sus ojos vieron, no visitaron templos ni honraron estatuas. Oráculos obscenos, de sus bocas escuchamos siempre el mismo pregón, nada prometieron salvo el inventario de los puñales nocturnos. Como los árboles, ellos se quedarán, permanecerán como las gargantas de sus muertos. Son el milagro atroz que sostiene las noches de esta ciudad. Son la sangre brutal con la que se enciende el alba gris de esta ciudad.
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Postal para despedirme de Bogotá. Estación calle 76 Se abren las puertas del vagón, en segundos engulle y trasboca todos los cuerpos. Ha echado a andar, entonces puedo verlos encriptados en sus trajes oscuros, como si sobre ellos pesara el luto de mil viudas. No es una tragedia, es un largo gusano negro que se ha comido el fin de sus historias. Estación Héroes El frío, ese ángel terrible se hace lento y pesa sobre la ciudad, devora sin prisas la expresión de sus rostros, la memoria de los cuerpos. Hay anchos abismos en las cuencas de sus ojos, tal vez por eso, no se buscan, no se hallan en el otro. Caminan y yacen tan formales…tan lejos, van tan lejos de su propio centro. Estación Flores Se tocan, se evitan, se olvidan. Son una sola agonía, son el mismo eco profundo de esta ciudad que se repite en la lluvia, es necesario que llueva para lavarse de la muerte agazapada en las esquinas, para limpiar la mugre de los que crecen contrahechos en las grietas de sus calles. Llueve, llueve y no hay consuelo, se lleva el agua la tierra, los sueños, los rostros de la ciudad. Estación calle 22 Veo la pesada serpiente metálica arrastrándose lenta, lleva dentro hombres y mujeres de vuelta a sus casas, a sus camas, al matorral sombrío de las rutinas, a la belleza confortable de sus tedios. Veo más, los veo a ellos, los otros. Malabaristas, tragafuegos, equilibristas, recicladores, pordioseros, maní, tinto, flores, sexo, calendarios, desplazados. Me convenzo que somos imperceptibles, que todos nos iremos de esta ciudad y ella no sabrá de nuestra ausencia. Ni el frío, ni la lluvia, ni la plaza ni el semáforo habrán guardado una breve imagen de nosotros. Después de todo, ¿qué hicimos para merecerla? Pero ellos…los otros. Su pan lo cotizó el parpadeo de un semáforo, encendieron el fuego y alimentaron los raquíticos perros, se desnudaron y dieron su sexo y su hambre, deambularon con sus fantasmas, cantaron a las esquinas, abrigaron con sus cuerpos los callejones y les entregaron los sueños a los demonios, cargaron la basura con solemnidad de eucaristía, pero no juzgaron lo que sus ojos vieron, no visitaron templos ni honraron estatuas. Oráculos obscenos, de sus bocas escuchamos siempre el mismo pregón, nada prometieron salvo el inventario de los puñales nocturnos. Como los árboles, ellos se quedarán, permanecerán como las gargantas de sus muertos. Son el milagro atroz que sostiene las noches de esta ciudad. Son la sangre brutal con la que se enciende el alba gris de esta ciudad.
Obra poética Obra poética
Postal para despedirme de Bogotá. Estación calle 76 Se abren las puertas del vagón, en segundos engulle y trasboca todos los cuerpos. Ha echado a andar, entonces puedo verlos encriptados en sus trajes oscuros, como si sobre ellos pesara el luto de mil viudas. No es una tragedia, es un largo gusano negro que se ha comido el fin de sus historias. Estación Héroes El frío, ese ángel terrible se hace lento y pesa sobre la ciudad, devora sin prisas la expresión de sus rostros, la memoria de los cuerpos. Hay anchos abismos en las cuencas de sus ojos, tal vez por eso, no se buscan, no se hallan en el otro. Caminan y yacen tan formales…tan lejos, van tan lejos de su propio centro. Estación Flores Se tocan, se evitan, se olvidan. Son una sola agonía, son el mismo eco profundo de esta ciudad que se repite en la lluvia, es necesario que llueva para lavarse de la muerte agazapada en las esquinas, para limpiar la mugre de los que crecen contrahechos en las grietas de sus calles. Llueve, llueve y no hay consuelo, se lleva el agua la tierra, los sueños, los rostros de la ciudad. Estación calle 22 Veo la pesada serpiente metálica arrastrándose lenta, lleva dentro hombres y mujeres de vuelta a sus casas, a sus camas, al matorral sombrío de las rutinas, a la belleza confortable de sus tedios. Veo más, los veo a ellos, los otros. Malabaristas, tragafuegos, equilibristas, recicladores, pordioseros, maní, tinto, flores, sexo, calendarios, desplazados. Me convenzo que somos imperceptibles, que todos nos iremos de esta ciudad y ella no sabrá de nuestra ausencia. Ni el frío, ni la lluvia, ni la plaza ni el semáforo habrán guardado una breve imagen de nosotros. Después de todo, ¿qué hicimos para merecerla? Pero ellos…los otros. Su pan lo cotizó el parpadeo de un semáforo, encendieron el fuego y alimentaron los raquíticos perros, se desnudaron y dieron su sexo y su hambre, deambularon con sus fantasmas, cantaron a las esquinas, abrigaron con sus cuerpos los callejones y les entregaron los sueños a los demonios, cargaron la basura con solemnidad de eucaristía, pero no juzgaron lo que sus ojos vieron, no visitaron templos ni honraron estatuas. Oráculos obscenos, de sus bocas escuchamos siempre el mismo pregón, nada prometieron salvo el inventario de los puñales nocturnos. Como los árboles, ellos se quedarán, permanecerán como las gargantas de sus muertos. Son el milagro atroz que sostiene las noches de esta ciudad. Son la sangre brutal con la que se enciende el alba gris de esta ciudad.